2007/11/23

Despertadores

Dormir es un placer necesario; despertar, en cambio, puede ser un forzoso sufrimiento. La antigüedad del despertador demuestra que abandonar el sueño ha sido una calamidad universal. Aparte de los despertadores naturales, como la luz solar, el trino de los pájaros y el canto del gallo, la humanidad ha creado diversas formas para recobrar la vigilia. El primer despertador fue la clepsidra o reloj de agua de los romanos: un vaso graduado que se iba llenando durante la noche hasta desbordarse al amanecer para gotear sobre el rostro del durmiente. A este húmedo despertar le siguieron las formas sonoras: para un delicado desadormecimiento bastaba una vela que, al consumirse, iba soltando cada hora una campanilla sobre un plato metálico; para los más dormilones se necesitó del fuerte pero puntual estruendo que producía la caída de un gran peso al quemarse la cuerda que lo sostenía. En 1762 aparecieron despertadores que ofrecían sopa, café o té calientes; otros relojes podían encender velas, descorrer cortinas y abrir ventanas y para los durmientes más profundos, en 1851 apareció un despertador de campanilla al que si no se le hacia caso retiraba las cobijas; si el holgazán seguía roncando el colchón se iba inclinando hasta colocarlo sobre el piso.
Godofredo Olivares
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